En los ojos de quien mira – Mención Honorífica Solsticios 2015

Saludos amigos.

Después de perderme unos meses en China, estoy de vuelta (en realidad llegué en septiembre pero tenía abandonado el blog :) )

El pasado lunes 21 se hizo el acto de entrega de los premios del “2do Concurso Venezolano de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción – Solsticios 2015”. Lamentablemente, no pude asistir a la premiación pero me contaron que estuvo muy bueno todo el evento. Les envío mis saludos y felicitaciones a los ganadores y demás menciones y, mientras tanto, por acá les dejo mi relato “En los ojos de quien mira”, que recibió Mención Honorífica en la categoría de Ciencia Ficción.

Estaré atento a sus opiniones y comentarios sobre mi relato, y ¡Feliz Año 2016!


 

EN LOS OJOS DE QUIEN MIRA

—Hijo, por favor, no juegues con la comida –le reprochó Alejandro al pequeño Víctor, esforzándose por sonar serio, aunque sus labios estaban torcidos por el amago de una sonrisa.

Víctor, sin una pizca de vergüenza, levantó el tenedor del plato y le mostró los dientes, divertido.

—No estoy jugando, papá. Estoy explorando –dijo el niño.

—¿Explorando? –preguntó Alejandro, enarcando las cejas.

—Así es. Explorando la cena. ¡Soy un arqueólogo de comida!

Alejandro, sorprendido por la respuesta del pequeño, contuvo una carcajada y negó con la cabeza.

—Pues la cena está fresca y recién preparada. Que yo sepa los arqueólogos sólo exploran cosas viejas y deshechas, como las momias.

Víctor, poniendo la mirada en el techo, se encogió de hombros y guardó silencio unos segundos, mientras pensaba su respuesta.

—¡Soy un arqueólogo viajero del tiempo! –dijo al fin, con la mirada encendida—, explorando las cosas antes de que se pongan viejas.

—¡Ah, ya veo! –dijo Alejandro, tocándose una sien con el dedo—. En ese caso, asegúrate de acabarte todas las verduras antes de que regreses a tu verdadero presente.

Víctor, no muy convencido con la propuesta, arrugó la boca y escarbó de nuevo el plato con el tenedor.

—¿Puedo jugar con mi consola si me como todas las verduras? –preguntó.

Su padre, con la boca hecha una línea y los ojos entrecerrados, le sostuvo la mirada.

—Pero sólo por un rato. No te quedes despierto hasta muy tarde.

El niño, que no esperaba aquella respuesta, asintió aprisa con la cabeza y empezó a comer con entusiasmo.

Alejandro, del otro lado de la mesa, lo vio comer en silencio, rememorando lo mucho que la sonrisa y los gestos del pequeño se parecían a los de su madre. Y es que, desde su nacimiento, había sido siempre un retrato hermoso y fiel de Karina. Compartían, Víctor y ella, el mismo castaño oscuro del cabello y el color miel de los ojos. Así como el rostro pequeño y ovalado, y la sonrisa amplia y contagiosa. De sí, pensó Alejandro, quizás lo único que había sacado era la forma de la mirada, aquella manera de contemplar a la gente y a las cosas cuando algo le interesaba, tanto que, a veces, verlo a los ojos era la única manera que tenía para reconocerse en su hijo. El sólo ejercicio de verlo, en realidad, mientras jugaba con sus muñecos de súper héroes, cuando leía sus cuentos en voz alta y personificaba las aventuras de sus personajes favoritos, o incluso cuando simplemente comía como lo hacía entonces, era suficiente para sumergirlo en un profundo estado de plenitud que ninguna otra actividad era capaz de reproducir. Estaba tan orgulloso de Víctor como jamás lo había estado de sí mismo, y también lo amaba tanto como había amado a su madre siempre. De no haberse ido, pensó entristecido, Karina habría tenido la fortuna de ver cuán espléndido y cuán parecido a ella había crecido su hijo.

—¡Listo, papá! –dijo Víctor con satisfacción, una vez terminó la cena—. No dejé ni una pizca.

—A ver –dijo Alejandro, inspeccionando el plato como si tuviera una lupa en la mano—. No estoy seguro, creo que acá quedaron unos trozos de…

—¡No es cierto, papá! –le reclamó, fingiendo fastidio—. Ya me comí todo. ¿Puedo ir ahora a jugar con mi consola?

Alejandro sonrió y asintió con la cabeza.

—Anda. Yo me encargo de los platos.

—Gracias, papá –dijo el pequeño, se paró del asiento y, antes de retirarse a su habitación, corrió hasta donde estaba su padre para besarle la mejilla. Alejandro, desprevenido, no alcanzó a reclinarse lo suficiente y lo que sintió del beso fue un ligero cosquilleo, una caricia eléctrica que apenas rozó su mejilla, pero que aún así bastó para lograr su cometido.

Después de lavar los platos y arreglar la mesa, Alejandro decidió que aún tenía tiempo y energías para dedicarse aquella noche a su trabajo, así que enfiló hacia su habitación, pero no sin antes asomarse a la de Víctor para desearle, como siempre lo hacía, las buenas noches.

Dentro, sentado en el suelo y con la espalda apoyada al borde de la cama desarreglada, rodeado de una docena de juguetes que yacían amontonados a lo largo de la habitación, Víctor miraba con atención el mundo tridimensional que su consola, del otro lado, generaba ante sus ojos, y que en ese momento tenía la forma de un castillo de fantasía o quizás un colorido calabozo, repleto de corredores y puertas elevadizas y criaturas gruñonas que se empeñaban en perseguir a un héroe vestido con una armadura azul y naranja, y cuya espada brillante hacía todo lo que Víctor le indicaba con sus manos en el aire. Una música suave pero aventurera acompañaba la animación, mientras que una cacofonía de efectos sonoros seguía al pie de la letra cada una de las acciones de los personajes del videojuego. Víctor, absorto, sonreía con gracia cuando superaba un nivel, y abría los ojos con sorpresa cuando le tocaba enfrentarse a un nuevo jefe. Alejandro, fascinado con la imagen de aquel niño cuyo rostro resplandecía entre tantos estallidos de color, permaneció de pie en el umbral de la puerta durante otro rato.

—Buenas noches, hijo –dijo al fin, en un leve susurro que, sabía, Víctor no escucharía, pero que no resultaba necesario que así fuese.

Al regresar a su habitación, Alejandro cerró la puerta, se echó en el sillón frente al escritorio que ocupaba casi la mitad del espacio del cuarto y, ordenándolo con un comando de voz, activó su propia interfaz, una estación de trabajo que flotó sobre el escritorio mostrando un sinfín de ventanas, cuadros de texto, códigos, controles y demás objetos virtuales que, como una ciudad en miniatura, formaron una estructura digital a su alrededor que pareció engullirlo.

—Bien –dijo, y trajo hacia sí el viejo teclado físico que, como un mero capricho, solía usar cuando iba a dedicarse a escribir algoritmos en lugar de a diseñar algún objeto o entorno—. ¿En dónde nos quedamos ayer?

Con tanta concentración como la de su hijo frente al videojuego, Alejandro trabajó cuanto pudo hasta entrada la madrugada, pero el sueño y el cansancio lo vencieron eventualmente. Cuando desactivó la interfaz y se acostó al fin, la habitación, así como el resto del apartamento, se sumieron en la oscuridad y el silencio. Víctor, imaginó, ya tendría rato dormido. Era, después de todo, un muchacho obediente.

A él solo le bastaron un par de minutos para seguirle, profundo y corrido, hasta la mañana siguiente.

 

 

Cuando despertó, bastante relajado tras una noche tranquila, Alejandro no pudo evitar el percibir al rato que, extrañamente, el silencio todavía persistía en el interior de su hogar. Más allá del sonido de la brisa y el trinar matutino de los pájaros que se colaba por las ventanas de la habitación, no parecían haber indicios del murmullo travieso y el correteo enérgico que siempre contagiaba a Víctor a aquellas horas.

—Víctor –dijo, incorporándose en la cama—. ¿Estás allí?

Al no recibir respuesta se puso de pie y, tras restregarse los ojos y sacudir la cabeza para desperezarse, se dirigió al cuarto del pequeño con el ceño fruncido y una sensación incómoda en el pecho.

—¿Víctor? –insistió.

Cuando entró en la habitación y miró a su alrededor, la sensación en su pecho se convirtió en un abismo que pareció tragárselo desde adentro. Víctor no estaba allí, en su cuarto, ni durmiendo ni jugando con sus cosas. Alejandro no necesitó pensarlo demasiado para saber que tampoco estaría en el cuarto de baño, en la cocina desayunando o tal vez en la sala, leyendo en el sofá como gustaba hacerlo. Su ausencia se la revelaron las paredes, sucias y raídas, y una vieja cama vacía y sin tender. Los juguetes que poblaban el suelo habían desaparecido, sustituidos por una capa de polvo gris que delataba las huellas de sus propios pasos. La consola, al menos aquel modelo obsoleto que apenas recordaba haber comprado, yacía inservible sobre una mesita de plástico, acompañada de un mueble repleto de cajas y bolsas que ocultaban en su interior una parte de lo que alguna vez le había pertenecido al pequeño. Sin razón aparente, el lugar había retomado el descolorido aspecto que el dolor, el descuido y el tiempo reservaban para todas las cosas reales.

—No puede ser –susurró Alejandro con voz trémula, y agitó las manos en el aire a fin de activar la interfaz de su sistema óptico.

Como de costumbre, una ventana rectangular se materializó enseguida a la derecha de su campo visual, con el logotipo de Industrias AR+ brillando en el centro. A esta, le siguieron los recuadros de notificaciones, los agregadores de noticias, la bandeja de entrada de su correo electrónico y las demás barras de aplicaciones que Alejandro tenía configurado por defecto. Después de mover y cerrar ventanas sacudiendo los brazos como si espantara moscas a su alrededor, accedió a las herramientas de diagnóstico que monitoreaban el estado de ejecución de los programas que corrían en el trasfondo del sistema, y comprobó que, en efecto, aquella aplicación que había incorporado y que él mismo había diseñado y escrito, por alguna razón, había dejado de funcionar.

Siguiendo el protocolo que el sentido común y la experiencia le dictaban, detuvo los procesos fundamentales y reinició el sistema, para luego acceder como superusuario y levantarlos de nuevo a fin de regresar todo a la normalidad, pero aún cuando las funcionalidades típicas de su interfaz se ejecutaron a la perfección, no resultó igual para ninguna de las desarrolladas por él.

—¡Pero qué coño pasa! –masculló con nerviosismo, y regresó a su habitación para lanzarse en el sillón y manipular la interfaz ahora con el teclado. Flotando siempre a lo alto y en la periferia de su campo visual, ondeando al compás de la coreografía algorítmica con la que habían sido diseñadas, las ventanas del sistema lo siguieron y se reacomodaron ante él cuando se sentó en el escritorio, adoptando ahora la configuración de estación de trabajo. Tecleando, frenético, y al mismo tiempo que inspeccionaba cada pantalla del sistema y cada cuadro de texto que mostraba innumerables líneas de códigos y comandos, Alejandro fue llenándose de una creciente desesperación. Por más verificaciones que hiciera, por más parámetros que afinara o antiguas versiones que recompilase, los programas que le daban vida a su hijo se negaban a funcionar.

—¿En dónde está el problema? –murmuró, comiéndose las uñas mientras hurgaba con la mirada cada módulo de sus programas—. ¿En dónde está el jodido problema?

Después de un par de horas inútiles, incapaz de encontrar una solución a lo que ocurría con su interfaz, se sostuvo la cabeza con las manos, sacudiéndose en escalofríos involuntarios y maldiciendo para sus adentros. Debía ser un asunto de hardware, concluyó, en vista de que nada de lo que había hecho hasta el momento había resultado. Alguna falla en los dispositivos debía haber inhabilitado la interpretación de códigos foráneos, o quizás bloqueado su ejecución. El problema estaba en que, contrario a lo que podía hacer a nivel de software, la manipulación del hardware solo era posible si se contaba con los equipos, los protocolos de acceso y el conocimiento que únicamente los empleados de Industrias AR+ tenían a su disposición. Por suerte, Alejandro conocía a la persona indicada para ayudarlo.

Sin perder otro segundo, despejó de su campo visual la veintena de pantallas que flotaban ante él tan nítidas y brillantes como si, de hecho, formaran parte de la realidad, y trajo hacia sí el menú general de aplicaciones para buscar entre ellas la videollamada. Una vez ubicó el nombre de Boris Galeano en el directorio, pulsó el recuadro con su fotografía y esperó, ansioso, a que el sujeto respondiera. Después de cuatro repiques que a Alejandro le parecieron eternos, la imagen centelleó y se maximizó en el campo visual para mostrar la versión digitalizada de su amigo Boris.

—¡Qué hay, Alejandro! –dijo, alzando las cejas con verdadera sorpresa. De piel pálida, casi albino, cabello rubio y ojos claros, vestía como acostumbraba la elegante chaqueta negra en cuyo pecho resaltaba el logotipo de Industrias AR+—. Disculpa la tardanza, estaba ocupado y había silenciado el cliente de llamadas.

—No te preocupes, Boris. ¿Qué tal? ¿Cómo va todo?

El sujeto se encogió de hombros.

—Digamos que bien, trabajando. Más de lo mismo… Aunque creo que mejor que tú. No luces muy bien que digamos. ¿Sucede algo?

Consciente de que aún no había desayunado ni se había molestado en bañarse y cepillarse los dientes, Alejandro se irguió en el sillón, se peinó con una mano y se restregó el sudor de la frente.

—A decir verdad, Boris, así es. Necesito tu ayuda.

—Muy bien. ¿De qué se trata?

—De mis ópticos –dijo Alejandro, señalándose los ojos con un dedo—. Algo pasa con ellos. Alguna falla.

—¿Falla? –dijo Boris, frunciendo el ceño—. ¿Qué clase de falla?

—Pues, creo que es el hardware. Desde esta mañana no he podido comunicarme bien con… con Víctor.

—¿Comunicarte? ¿Acaso no puedes oírlo? ¿El problema es auditivo o visual?

Alejandro negó con la cabeza.

—Desapareció, Boris. Dejó de correr y ahora no puedo volver a ejecutarlo. No puedo verlo ni escucharlo.

—¡Oh! –dijo Boris, ya consciente de la gravedad que supondría el asunto. Más que cualquier otra persona, Boris conocía lo que Alejandro había logrado con el pequeño, y la relación que existía entre ambos—. ¿Estás seguro de que no se trata de un problema de software?

Alejandro se mordió los labios y agitó la cabeza una vez más.

—Es el hardware, Boris. Estoy seguro, y tú eres el único capaz de ayudarme –dijo, con un nudo en la garganta. Se le hizo muy difícil el no mostrarse afectado.

Boris, después de oírlo con preocupación, se rascó la cabeza y miró a su alrededor, hacia alguna parte de donde quiera que estuviese en ese momento.

—Oye, justo ahora estoy trabajando en una solicitud, pero luego tengo que atender a otro cliente no muy lejos de tu casa, así que supongo puedo pasar por allá antes.

—Excelente, Boris. Muchas gracias –dijo Alejandro, aliviado—. Tan solo ven.

—Lo haré, amigo. Nos vemos en un rato.

Alejandro se sintió un poco aliviado tras cortar la llamada, aunque la ansiedad y la espera lograron que, a partir de aquel momento, los minutos se le hicieran eternos. Durante otro rato más continuo revisando los códigos de sus programas, tratando de encontrar alguna indicación que le ayudara a dilucidar lo que había ocurrido entre estos y el hardware, pero el cansancio y el apetito apenas le dejaron concentrarse, así que optó por esperar a su amigo en la sala mientras comía hojuelas de cereal directo de la caja. Como a Víctor le gustaba, pensó apesadumbrado.

Unos cuarenta y cinco minutos después Boris llamó a la puerta. Aprisa, Alejandro le abrió y lo invitó a pasar. El sujeto, ataviado con su uniforme de Industrias AR+, también traía consigo el maletín de herramientas en donde guardaba todos los implementos y dispositivos que requería para realizar su trabajo como personal de servicio técnico de la empresa.

—Disculpa por haberte apurado como lo hice, Boris –dijo Alejandro después de saludarlo con un abrazo—. Es solo que… no encuentro explicación alguna para lo que ha ocurrido.

—Tranquilo, Alejandro –dijo su amigo con un tono comprensivo—. Ahora dime qué pasó.

Tal y como había sucedido, Alejandro le contó los hechos de la noche anterior hasta la mañana de aquel día, y resumió todas las verificaciones de software que había realizado antes de su llegada.

—Muy bien. Tal y como dices todo parece indicar que se trata de un problema de hardware –dijo Boris mientras abría su maletín y sacaba de éste una consola y un puñado conectores dérmicos—, pero de todas maneras haré un diagnóstico completo.

Conforme con la idea y familiarizado con el procedimiento, Alejandro se sentó en el mismo sofá de la sala en donde había estado comiendo su cereal y le dio la espalda a Boris para que este pudiera ajustar los conectores que se colocaban en el cuello y que servían de enlace con sus implantes. Después de fijar un par de ellos en la nuca y otro par en sus sienes, Boris activó la consola e introdujo los comandos que creaban el vínculo entre el sistema de Alejandro y su propia interfaz de realidad aumentada. Ondeando las manos en el aire y presionando teclas virtuales generadas frente a sus ojos, llevó a cabo los diagnósticos del mismo modo que lo habría hecho en cualquier otro servicio de rutina.

—¡Hum! –murmuró, cuando las pruebas finalizaron y no arrojaron ningún reporte en particular que indicara desperfectos de software en el sistema.

—¿Y bien? –preguntó Alejandro.

—Pues al menos a nivel del sistema operativo todo está en orden. Intenta correr tu programa una vez más.

Alejandro, visiblemente ansioso, se apuró a acceder a su interfaz y a presionar el icono que mostraba el rostro de su hijo, pero nada sucedió luego.

—Qué curioso –dijo Boris—, no carga aún cuando elevé la prioridad de ejecución de aplicaciones de terceros. ¿Intentaste recompilar el programa?

—Dos veces –respondió Alejandro entre dientes—. No funcionó.

Boris frunció la boca y asintió con la cabeza.

—Bien –dijo—, probemos entonces con el hardware.

Volviendo a su maletín, sacó un dispositivo en forma de un feo casco parecido a aquellos viejos modelos de visor de realidad aumentada que usaban quienes no poseían implantes, y se lo colocó a Alejandro en la cabeza procurando que la parte trasera se acoplara con los transductores ya fijados en su nuca.

—Revisaremos el firmware, y junto con esto el estado de la lógica y la circuitería. Si existen fallas, no tardaré demasiado en detectarlo.

Menos de un minuto después, Boris dio con el problema.

—¡Bingo! –dijo, satisfecho por el resultado del diagnóstico—. Por extraño que parezca, todo indica que hay un desperfecto en uno de los núcleos de procesamiento.

—¿Se puede arreglar? –preguntó Alejandro enseguida.

—Por supuesto –le aseguró su amigo sin titubear—, pero me temo que, ya sea para sustituir el núcleo defectuoso, o para agregar uno nuevo al conjunto, la reparación tomará, al menos, un par de días.

—¡¿Dos días?! –Alejandro alzó las cejas, consternado. Aunque le aliviaba saber que el problema tenía solución, tantos días de espera, sabía, le resultarían insoportables.

Boris se encogió de hombros.

—Es lo mejor que puedo darte considerando que, ya que se trata de ti, tendré que saltarme algunos procedimientos para procesar tu equipo primero. Si fuera por los canales regulares, generando una solicitud de servicio a la empresa, tardaría de tres a cinco, con suerte.

—¿Y mis ópticos quedarán inutilizados mientras tanto?

—No. No completamente. Algunas funciones estarán limitadas, y quizá sientas un poco de latencia en los procesos, pero nada que no te permita usarlo como de costumbre. Me aseguraré de que los demás núcleos se encarguen del trabajo pesado.

Alejandro, consciente de que, en efecto, su amigo estaba haciendo más de lo que debía para ayudarlo, asintió con la cabeza y se inclinó en señal de agradecimiento.

—Te debo un montón –le dijo.

Boris, tras desestimar las palabras de su amigo con un ademán, regresó a la caja de herramientas y sacó un tercer dispositivo, esta vez parecido a una pinza, y que terminaba en un racimo de tentáculos cromados que Alejandro nunca había visto antes.

—Tengo que extirpar el módulo defectuoso. ¿Estás listo?

—¿Cabeza o cuello? –preguntó Alejandro, tras comprender la función del aparato.

Una vez extrajo lo que necesitaba, Boris le pidió paciencia, y le aseguró que regresaría para volver a instalarlo tan pronto como estuviera listo.

 

 

En un absurdo intento por apurar el paso del tiempo, Alejandro procuró sobrellevar aquellas primeras horas dedicándose a trabajar, a leer, a ver películas o a jugar videojuegos, pero aún cuando hizo todo su esfuerzo por evitar que su mente resonara con los sucesos recientes y con aquellos momentos del pasado que despertarían sus ecos, al final fueron la calma y el silencio, así como la total ausencia de esa voz infantil y juguetona que se había hecho parte ya de su vida quienes, inevitablemente, lo condujeron hasta la habitación en donde Víctor había vivido sus únicos cuatro años de vida.

El lugar, invariable y estéril, permanecía tal y como lo recordaba desde el día en que partió Karina: la cama ya no llevaba sábanas de colores con estampados de personajes de dibujos animados. De los cuadros con pinturas de animales que alguna vez cubrieron las paredes solo quedaban los hoyos en donde habían estado los clavos que las sostenían. La mesita de noche y sus otros muebles estaban amontonados del otro lado de la habitación, al igual que las cajas que guardaban sus juguetes y las demás cosas que habían conservado y que, a pesar de los deseos de Karina, no había podido desechar. Del resto de su hijo y su familia no quedaba más nada. Y sin la realidad aumentada para ocultarlo, ya no existía manera de evitar que su doloroso pasado regresara para recordarle todo lo que había perdido.

Con lágrimas en los ojos, se dejó caer en medio de la habitación y, valiéndose esta vez de su propia memoria, con facilidad pudo materializar ante sus ojos el rostro rosado y gracioso de su hijo el día de su nacimiento. Había en aquel rostro tanta belleza como había encontrado en Karina cuando, años antes, la viera por primera vez.

Se conocieron mientras ambos iban a la universidad, Alejandro a la escuela de Ciencias de la Computación, ella a la escuela de Arte. Y aunque en un primer momento llegó a creer que un programador jamás tendría nada en común con una artista colorida, creativa y analógica como ella, fue Karina quien lo ayudó a descubrir su talento para la computación gráfica y para el diseño industrial, lo que eventualmente lo llevaría a dedicarse de manera profesional a la creación de objetos, ambientes y entes virtuales y aumentados para diversas industrias y empresas de publicidad.

A los pocos meses de conocerse Alejandro la invitó a vivir con él en su apartamento, que había heredado de sus padres ya fallecidos, y en el que tenía demasiado tiempo viviendo solo. Karina aceptó sin darle demasiadas vueltas al asunto, y junto con su amor se trajo sus caballetes, sus oleos, sus lápices y pinceles. Enseguida, el apartamento se convirtió no solo en refugio en donde desataron sus más lujuriosas pasiones, sino también en un estudio para el desarrollo del arte tanto sobre el lienzo como sobre el espacio digital. Justo después de terminar la universidad se casaron, y el bebé llegó a sus vidas al año siguiente.

Debía confesarlo, Alejandro jamás se había imaginado a sí mismo como un padre, y la noticia de la venida del bebé lo había llenado, al menos al principio, de gran incertidumbre. Apenas podía creerse preparado para asumir el cuidado de una criatura tan frágil e inocente como lo era un niño, pero con el pasar de los años y con cada momento que Karina, Víctor y él compartieron juntos, entendió que todos esos temores y preocupaciones que lo abrumaban eran, en el fondo, poderosas evidencias del profundo amor que sentía por su hijo y su familia.

Su felicidad, sin embargo, resultó tan efímera como el padecimiento que, en cuestión de días, acabaría con la vida de Víctor.

Un llanto nocturno y una ligera fiebre se convirtieron, de la manera más inesperada, en un viaje a la sala de emergencias. Un par de días después Víctor era ingresado a la unidad de terapia intensiva, bajo el cuidado de un contingente de médicos incrédulos que aún trataban de explicar lo que le ocurría al niño. A las cuarenta y ocho horas, Alejandro y Karina recibieron la noticia de su partida.

Sus recuerdos después del incidente no eran más que oscuridad e imágenes difusas. Un dolor hondo, un vacío gigantesco que lo engullía desde sus entrañas, y también silencio. Un silencio espeso que parecía haber invadido todos los lugares y todas las horas de su vida, y un sosiego profundo en el que él y Karina se sumieron juntos, incapaces de encontrar consuelo.

Ella, sin embargo, alcanzó a curar las heridas más rápido, o al menos lo suficiente como para hacer el intento de retomar la vida tal cual había sido alguna vez. Así, en un ritual que se extendió por varias semanas, comenzó a empacar y deshacerse de todo aquello que había pertenecido a Víctor, esperando con ello enterrar su dolor en el fondo de todas esas cajas.

Pero Alejandro, aferrado a aquellos objetos inanimados, le suplicó se detuviera pues estos eran la única forma tangible que creía poseer para recordar y tener de nuevo junto a sí al pequeño.

—El problema es que para mí no es suficiente con los recuerdos. Lo deseo de vuelta, Alejando. Para verlo, para tocarlo, para sentirlo. Sentir su aroma y  escuchar su risa. Atender su llanto… Y si no puedo tenerlo conmigo nunca más, prefiero olvidarlo por completo –le dijo Karina, sollozando, una tarde sombría.

Alejandro, derrotado, no tuvo mayor alternativa que dejarla continuar, respetar la forma en la que enfrentaba su duelo, pero ya que él no estaba dispuesto a sacar de su memoria lo más hermoso que jamás había tenido en la vida, se sumió con melancolía a repasar una y otra vez el centenar de fotografías que habían tomado de Víctor mientras estuvo con ellos, así como las innumerables horas de videos que habían grabado ambos con sus implantes ópticos.

Fue entonces cuando la más extraordinaria de las ideas comenzó gestarse en su mente, hasta el punto en que Alejandro entendió que, de hecho, contaba con suficiente material del pequeño como para regresarlo a sus vidas.

Sin siquiera detenerse a pensar las consecuencias de lo que, en su desesperanza, había decidido llevar a cabo, Alejandro se recluyó junto con su estación de trabajo durante varias semanas y, poniendo en práctica todo el conocimiento y la experiencia que había adquirido gracias a su profesión y gracias a lo que había aprendido de Karina, fue capaz de producir una entidad aumentada que, al menos visualmente, resultaba indistinguible del pequeño Víctor. Por supuesto, su personalidad y su carisma, aquellos dulces hábitos que muy bien conocía, los introdujo poco a poco con cada iteración de sus algoritmos, al mismo tiempo que afinaba la inteligencia artificial con cada versión que producía.

Después de innumerables horas de trabajo, cuando hubo finalizado el trabajo e incorporó la aplicación, no sin cierto temor, a sus propios ópticos, Víctor reapareció ante él como la había hecho miles de veces, abalanzándose con los brazos abiertos, gritando papá con alegría y con su dulce voz de siempre, sonriendo un poco más con cada paso que daba. Aquel no fue un abrazo real, lo sabía, pero casi pudo sentirlo, sentir de nuevo el contacto fuerte con su hijo, al punto de que se le erizó la piel como si de algún modo imagen y sonido bastaran para engañar a su cerebro y a su corazón.

Por primera vez desde hacía ya demasiado tiempo, las lágrimas que corrieron por su rostro no fueron producto del dolor sino de la alegría.

Una vez realizó los ajustes finales tanto para la gráfica de la entidad aumentada de Víctor como para su creciente inteligencia artificial, decidió que era el momento indicado para reunirlos a él y Karina.

—Amor –le dijo un día, mientras ella ordenaba sus lienzos y clasificaba los pinceles con los que solía plasmar su arte—, hay algo que deseo mostrarte. Algo que hice para tus ópticos. Para nuestros ópticos. Pero necesito instalarlo en ti para que sepas de qué se trata.

Karina, todavía taciturna, se volvió hacia él muy despacio y se encogió de hombros.

—Instálalo si quieres –dijo—. Sabes que tienes acceso abierto a mi sistema.

—Bien –dijo Alejandro, lleno de ansiedad, y vinculó su sistema con el de ella a fin de que pudiera copiar los datos. Una vez finalizó la transmisión y ejecutó la aplicación, respiró hondo y sostuvo el aire en los pulmones, sin apartar la mirada ni un solo segundo del rostro de su esposa.

Tal y como lo había programado, lo primero que pudieron percibir de Víctor no fue su imagen, sino su voz, que desde su habitación llamaba a su madre. Karina, incrédula, observó a Alejandro con el ceño fruncido.

—¿Qué hiciste? –le preguntó.

—Vamos a verlo –respondió Alejandro, con una sonrisa de esperanza pero con el corazón latiéndole aprisa en el pecho.

Tomándola del brazo la condujo hasta la habitación. Apenas alcanzaron el umbral de la puerta Karina se detuvo en seco y, llevándose las manos a la boca, ahogó una exclamación. Adentro, la cama, los muebles y las cajas permanecían en el mismo estado en el que Karina las había dejado la última vez, pero sentado en el piso en medio de todo, Víctor jugaba con una pila de bloques de madera que lo rodeaban como una fortaleza, mientras que versiones digitales de sus demás juguetes yacían regados por todas partes como era costumbre.

—¡Mamá, mama! –dijo Víctor, volviéndose hacia ella sonriendo y con la mirada encendida— ¡Ven, vamos a hacer un castillo! ¡Vamos a hacer un castillo!

—Víctor –alcanzó a decir Karina, con la voz trémula y los ojos repletos de lágrimas—. ¡Oh, por dios, Víctor!

Entonces se acercó al pequeño, muy despacio, hasta arrodillarse a su lado, y poco a poco extendió las manos con la intención de acariciar su rostro.

—Podemos tenerlo de vuelta –dijo Alejandro—. Al igual que antes. Será capaz de crecer y aprender como cualquier niño. Estará con nosotros siempre, todo el tiempo, cada vez que lo necesitemos… Amor, podemos tener a nuestro hijo de vuelta.

Cuando los dedos de Karina alcanzaron la entidad digital de Víctor, este soltó una risita divertida y se echó para atrás como si hubiera sentido cosquillas. Ella, sin embargo, no pudo más que percibir el aire, frío y liviano, que en realidad había allí.

—No puedo creerlo –dijo, apenas un murmullo—. No puedo creer que hicieras esto.

—Sé que cuesta entenderlo, Karina, pero créeme que es igual a nuestro pequeño. Su inteligencia artificial está basada en…

—¡Nuestro hijo está muerto, Alejandro! –exclamó Karina, ahora tapándose el rostro con las manos—. Y por real que parezca, esto jamás sustituirá a mi pequeño Víctor.

—¿Qué tienes, mamá? –dijo Víctor entonces, volviéndose hacia ella—. ¿Estás enojada?

—Escúchalo –dijo Alejandro—. Es su voz, son sus expresiones, tal y como las conociste.

—¡Ven a mi castillo, mamá! –dijo Víctor, poniéndose de pie con entusiasmo en medio de los bloques de juguete y dándole espacio para que ella entrara—. Papá, tú serás el dragón, mamá será la reina, y yo su caballero.

Incapaz de contener su ira y su dolor, Karina soltó un alarido y salió aprisa de la habitación, negando con la cabeza y tapándose los oídos con las manos, como si con ello pudiera callar las palabras que, de hecho, provenían de los transductores auditivos implantados en su cabeza.

—Mamá, no tengas miedo –la persiguió el pequeño—. Nos divertiremos mucho. Papá será el dragón, y yo tu caballero.

—¡Detenlo, Alejandro! –suplicó—. Has que se vaya.

—Pero Karina…

—Por favor, Alejandro, has que se vaya –fue lo último en decir, antes de echarse en el sofá de la sala y llorar desconsolada.

Atendiendo a su deseo, Alejandro accedió de nuevo a las aplicaciones de su interfaz y detuvo el programa que corría en el sistema de Karina.

—Vamos, papá –dijo Víctor, ajustándose de manera automática al cambio de usuarios en su entorno—. Ven a mi castillo, tú serás el dragón, y yo el caballero.

Con un nudo en la garganta y sin encontrar palabras de despedida, Alejandro volvió a la habitación de Víctor, dispuesto a acompañarlo y a complacerlo en todo lo que quisiera.

A Karina más nunca volvió a verla.

 

 

La tarde del segundo día, después de terminar sus rondas asignadas y tal y como se lo había prometido a su amigo, Boris llamó a Alejandro para indicarle que ya se encontraba en camino y que llevaba consigo un nuevo módulo listo para serle implantado de vuelta. Al diagnosticar el equipo, Boris había detectado una serie de fallas de integridad en las capas profundas de los circuitos del núcleo, y aunque había hecho el intento de utilizar las conexiones redundantes para no tener que sustituirlo y así poder regresárselo lo más aprisa posible, las fallas fueron tales que al final no tuvo mayor alternativa que respaldar las rutinas de procesamiento que formaban parte de la configuración del sistema de Alejandro y luego trasladarlas a un nuevo módulo a fin de que pudiera usarlo en sus ópticos sin ningún inconveniente.

Para Boris, todo aquello le había resultado tan extraño como sorprendente, pues en sus años como técnico de sistemas ópticos jamás se había topado con una falla de esas características. Sin embargo, en el fondo sabía que si alguien era capaz de, con sus códigos, dañar un equipo de esa manera, solo podría tratarse de Alejandro. Y es que, aun cuando trabajaba con expertos e investigadores del tema en Industrias AR+, Boris jamás había conocido a un diseñador y a un programador tan talentoso como Alejandro.   ¡Vaya que podía decirse que sus programas tenían vida propia!

De modo que una entidad como Víctor, tan elaborada y compleja, debía poner a prueba cada segmento y cada circuito de los sistemas ópticos como ninguna otra aplicación imaginable. Para Boris, era una lástima que Alejandro jamás hubiera aprovechado su talento para algo más que la publicidad. Estaba seguro que, de así quererlo, habría sido capaz de vender cientos o quizá miles de programas como Víctor, para todas aquellas personas o familias que así lo necesitaran. Incluso le había sugerido proponerle el concepto a los especialistas de Industrias AR+, pero Alejandro no había aceptado. Víctor, como él mismo decía, era su hijo. Y de nadie más.

Boris, que llegó a conocer muy bien la relación que se estableció entre Alejandro y el programa Víctor, terminó por entenderlo, al punto de que, de hecho, le resultaba ya imposible imaginarse la vida de su amigo sin su hijo. Porque, bastaba estar allí con él, sincronizado con Víctor, para darse cuenta de que no había manera de distinguir entre el programa y un muchacho real. Bastaba contemplar la forma como Alejandro miraba a su pequeño para comprender que lo que sentía era felicidad genuina y que, aunque etérea, era justo lo que este necesitaba para continuar adelante. ¿Quién podía afirmar que aquello que vivía y sentía no era real? Por ello, por compasión, admiración, y por muchos años de amistad, Boris no podía negarle cualquier cosa en la que pudiera ayudarlo.

Cuando llegó al fin al apartamento y llamó a la puerta, esta se abrió de golpe y, al igual que hacía dos días, su amigo lo arrastró hacia dentro tan ansioso como agradecido estaba por haber cumplido su palabra.

—¿Entonces pudiste arreglarlo? –le preguntó.

Boris, tras asentir con la cabeza, lo miró de arriba abajo sin poder evitar el esbozar una expresión de pena en el rostro. Se notaba, por su aspecto, que Alejandro había descansado muy poco, que había estado llorando, y que probablemente había pasado aquellas dos noches en vilo. Aunque no se lo dijo, se lamentó el no haber podido resolverle el problema mucho más pronto.

—Sí, amigo, no te preocupes. Ya todo está en orden.

—Bien, Boris. Muy bien. Gracias –dijo Alejandro, con los ojos inyectados en sangre—. En verdad te lo agradezco… Ahora, ¿qué sigue?

—Implantarlo de vuelta y reconfigurarlo. No tomará más que unos cuantos minutos.

Sólo entonces cambió el semblante de Alejandro. Sus ojos brillaron esperanzados y sus labios trazaron una amplia sonrisa.

—¿Cabeza o cuello? –preguntó entonces, tras sentarse aprisa en el sofá y darle la espalda, ya preparado para el procedimiento.

Después de corresponderle la sonrisa, Boris colocó su maletín de herramientas del otro lado del sofá y lo abrió para sacar sus instrumentos y preparar los dispositivos. Una vez listo se volvió hacia Alejandro y, tras explicarle en qué consistía, continuó con la implantación. Después de poner el núcleo de procesamiento de vuelta en su sitio, ejecutó desde su sistema los algoritmos de validación faltaban para que los ópticos de Alejandro recuperaran su funcionalidad y, luego de asegurarse de que todo estaba en orden y que ya podía restablecer en su totalidad los sistemas de su amigo, se reclinó en el sofá, satisfecho, y le dio una palmada en el hombro.

—Ya está –le dijo, regresando sus instrumentos al maletín, sintiéndose como un doctor que recién le daba las mejores noticias a un paciente.

Alejandro, sin vacilar otro instante, se puso de pie aprisa y agitó las manos en el aire con desespero. Por supuesto, estaba accediendo al programa Víctor para ejecutarlo de nuevo y recuperar aquello que, por desgracia, había perdido por segunda vez en su vida. Como Boris estaba sincronizado a los sistemas ópticos de Alejandro, pudo escuchar con claridad el momento en el que el programa iniciaba en la forma de una melodiosa voz de niño que, desde su habitación, llamaba a su padre.

—¡Papá, papá! –oyeron ambos, seguido por el sonido de unos pasos acercándose desde el pasillo del apartamento.

Cuando el muchacho, un jovencito bien parecido de ya unos seis años de edad, apareció al fin en la sala, sonriente y con la mirada encendida por la emoción, Alejandro corrió hasta él para tomarlo entre sus brazos. Más allá de una leve respuesta háptica simulada por los ópticos y dirigida al cerebro, no existía un verdadero contacto físico entre un usuario y una entidad aumentada, pero aún así, la forma en la que Alejandro y Víctor cruzaron sus brazos y se sostuvieron el uno al otro resultó tan auténtica que Boris casi pudo sentir el calor entre ellos.

—¿Qué tienes, papá? ¿Por qué lloras? –dijo el pequeño, entornando las cejas cuando vio las lágrimas que corrían por las mejillas de su padre— ¿Pasó algo?

—No, Víctor. No pasó nada –dijo Alejandro, se restregó los ojos con las manos, y se volvió luego hacia Boris con una sonrisa de agradecimiento plasmada en el rostro—. Es solo que extrañaba verte.

—Si querías verme solo tenías que llamarme –dijo Víctor tras encogerse de hombros—. ¿No es cierto, tío Boris?

Boris, que aprovechó para saludarlo, asintió con la cabeza.

—¿El tío va a quedarse para la cena? –preguntó de pronto el pequeño—. Si se queda podemos jugar los tres con la consola.

—¿Qué dices, Boris? ¿Te quedas para la cena? –le preguntó Alejandro.

—No veo por qué no –respondió Boris, sin pensarlo demasiado.

Al unísono, Alejandro y Víctor sonrieron, compartiendo el mismo gesto de entusiasmo, distintos quizá solo en el hecho de que el pequeño siempre había sido físicamente muy parecido a su madre. Viéndolos juntos de nuevo, tan complejos como excepcionales cada uno, Boris lamentó el que Karina no les hubiera dado la oportunidad que se merecían.

Estaba seguro de que, los tres, habrían formado una bonita familia.

Partiendo a China por unos meses…

china-vrss1-launch-long-march-rocketEl próximo domingo 31, y por razones laborales, parto para China y estaré allí unos cuatro meses. Creo que durante ese tiempo poco podré atender el blog, pero si tengo la oportunidad de hacer algunas entradas sobre cómo van las cosas tengan la seguridad que así lo haré.

Espero que, además de trabajar, tenga la oportunidad de conocer bastante sobre la cultura China, y por qué no, sobre la literatura y la ciencia ficción que se está haciendo allí, y que sé cada día se hace más popular en el mundo entero.

Ojalá el viaje sea tan cyberpunk como me lo estoy imaginando.

¡Saludos a todos!

¡Ya son 3 años, Aidan!

IMG-20150419-WA0003¡Hijo, hoy cumples otro año de vida!

Y celebraremos en tu escuelita con tus amigos. ¡La misma escuela a la que te negabas a ir cuando comenzaste hace apenas unos meses! En todo este tiempo te has convertido ya en un niño gracioso y con carácter, ansioso de ir siempre al parque de “las gallinas”, concentrado como nadie cuando juegas con tus carritos.

No tienes idea de cómo disfruto cada vez que jugamos en el jardín con tu carro a control remoto, pues me pides que me siente a tu lado y que maneje el carro por donde tu dices, y luego me abrazas en agradecimiento por el rato chévere que pasamos. Cuando tengas edad suficiente para leer estos mensajes, pregúntame por esas mañanas que juntos, antes de ir a tu escuela, jugábamos por largo rato.

Te contaré todas esas historias, y muchas otras.

Te contaré, por supuesto, del parque de “las gallinas”. Te contaré de los dinosaurios. Te contaré del ¡miiiiooo, miiiooo!, y del monstruo agachado. Siempre tendré tiempo para hablarte de esos juegos que inventabas con tan solo dos años.

¡Y ahora que tienes tres, quién sabe cómo serán los próximos inventos!

Aidan, espero que pases un feliz cumpleaños. Te deseo toda la felicidad del universo conocido, aunque apenas se equipare a la que has traído a nuestras vidas.

Te quiere, tu papá.