La transfiguración de Valkyria Durand

Jamás habría imaginado que el exquisito cuerpo desnudo de Valkyria Durand descansaría junto al mío la misma noche en que la conociese.

La silueta curvilínea de su figura se insinuaba entre las sábanas, reflejándose en el espejo opaco que ocupaba gran parte del techo de la habitación de hotel de segunda en la que habíamos parado. Un par de viejas lámparas de tungsteno colocadas sobre precarias mesitas de noche lanzaban destellos débiles y amarillentos que apenas iluminaban el cuarto pero, por fortuna, brillaban lo suficiente como para permitirme contemplar todas las formas y texturas del cuerpo de Valkyria: sus ojos, parcialmente ocultos por mechones de su oscuro cabello, lucían tan profundos e intensos como los había visto un millón de veces en la televisión o la red. Sus labios húmedos y entreabiertos palpitaban tras cada leve exhalación, mientras el resto de su rostro de porcelana parecía emanar una luz propia. Diminutas gotas de sudor aún perlaban la punta de sus pezones, mientras otras caían por la curva perfecta de sus senos, presas de la gravedad. Sus piernas, largas y generosas, se confundían con las mías dejándome sentir la calidez de su piel.

Aún a pesar de su falta de maquillaje, de la tenue iluminación del lugar y de las baratas sábanas de hotel que a duras penas la cubrían, la imagen de Valkyria en el espejo, con todos los matices y tonalidades que el escenario podía ofrecer, más que una escena real parecía una pintura, una obra de arte plasmada en el lienzo del aquel espacio y aquel tiempo; o quizá una entidad virtual, una representación perfecta de belleza matemática proyectada en el aire por los implantes de realidad aumentada de mis ojos.

Nadie podría dudar de que se trataba, en efecto, de una de las modelos más cotizadas del planeta.

Sin poder evitarlo pensé en mi suerte, y en la azarosa serie de hechos que me llevaron de una conferencia francesa sobre tecnología, hasta los brazos hábiles y lujuriosos de la mujer más hermosa que jamás en la vida soñé conocer.

El motivo de mi presencia en Paris se debía a la Conférence annuelle de l’électronique et de la Nouvelle, que, como todos los años, reunía a la crèmede los fabricantes y desarrolladores de tecnología, dispositivos y software a nivel mundial.

En vísperas del evento, el jefe de la sección de ciencia y tecnología del periódico en el que trabajaba anunció que entre los ocho columnistas que conformábamos el equipo, escogería a sólo uno como corresponsal a la conferencia. Luego de deliberar por un par de largos días, redujo las opciones a dos: otro compañero y yo. Al final, decidió seleccionarme alegando (con mucha justicia, al menos de acuerdo a mi criterio) que teniendo en cuenta que mi compañero ya había asistido a la conferencia en años anteriores, resultaría instructivo y pertinente que yo también adquiriera alguna experiencia acerca del evento.

Por supuesto, no tuve nada que discutir al respecto, considerando no sólo la oportunidad que la conferencia brindaba para conocer de primera mano los nuevos productos y prototipos que serían presentados al mundo durante el transcurso del año, sino que, además, el tratarse de mi primer viaje a Francia constituía un incentivo adicional.

Armado con un par de maletas, una jugosa cantidad de dinero en efectivo correspondiente a mis viáticos, y con suficientes módulos de memoria externa por si necesitaba respaldar los datos de mis implantes, tomé Paris por asalto y durante dos días me sumergí frenético en las actividades tanto oficiales como turísticas y de esparcimiento que la conferencia ofrecía.

La noche del tercer y penúltimo día, ya saturado de entrevistas, reseñas y coberturas en vivo de las diferentes presentaciones de los investigadores y empresas fabricantes, recibí una llamada urgente del jefe que en un primer momento pensé se trataba de una broma. Exaltado como siempre, con su voz apresurada y soltando palabras una detrás de otra a trompicones, me indicó que debía cubrir aquella misma noche otro evento que no estaba planificado y, peor aún, que ni siquiera pertenecía a las actividades y responsabilidades propias de la sección.

Estaba hablando de un desfile de modas.

—¿Un desfile de modas? –exclamé al recuadro de videollamadas que flotaba ante mis ojos.

Por la expresión de Coller, el jefe de sección, mi grito de sorpresa debió ser tan fuerte que el audio producido por sus transductores auditivos con seguridad surgió terriblemente distorsionado. Con el rostro todavía arrugado, Coller afirmó con la cabeza mientras se encogía de hombros.

—Ya sé que se trata de algo que no nos corresponde, pero el asunto está en que la jefa de farándula se encuentra en cama por culpa de alguna peste que pescó la semana pasada y, al parecer, esparció el virus a mitad de su personal. Quienes no están de permiso, están ocupados cubriendo otros eventos. Ya que, casualmente, eres el único corresponsal en Paris en este momento, la idea más brillante que se le ocurrió al director de redacción fue ordenarme que te enviara a cubrir el susodicho desfile.

Perplejo y con el ceño fruncido, balbuceé algunas palabras, al final de las cuales alcancé a decir:

—Coller… ¿Un desfile de modas? Yo no soy reportero de farándula, y mucho menos sé de trajes y vestidos y diseñadores. ¿Cómo pretendes que cubra un evento semejante?

El jefe se mordió el labio inferior y se enjugó el sudor de la frente.

—Lo sé, muchacho, pero ya te lo dije, fue una orden del director. Al parecer, se trata de una pauta muy importante. Yo intenté explicarle exactamente lo mismo que acabas de decir, pero él insistió en que cualquier periodista con experiencia, sin importar su área de especialización, debería ser capaz de adaptarse a la noticia.

Cerré los ojos y me apreté el tabique de la nariz con los dedos. Entendí que no valía de nada discutir, pues la orden venía de arriba y por lo tanto no tenía más remedio que hacer el trabajo y rogar con que el resultado cumpliera con las expectativas, cualesquiera que estas fueran, del director o de la jefa de farándula.

—Vamos, muchacho. Míralo por el lado positivo –agregó Coller—, al menos estarás unas cuantas horas rodeado de cientos de mujeres hermosas. Quizá conozcas a varias modelos famosas. Después de todo, el trabajo también incluye asistir a la fiesta que sigue al desfile.

Excelente, pensé. Una fiesta. ¡Con lo mucho que disfrutaba las fiestas! Aunque lamentara reconocerlo, no era lo que podía llamarse un sujeto atractivo, y jamás me había destacado por ser el alma de ninguna fiesta. ¡Ni qué decir de mis escasas habilidades para abordar con éxitos a las mujeres, en especial las más hermosas!

—No te prometo nada, Coller –gruñí como respuesta, preguntándome al mismo tiempo en qué terminaría todo aquello—. Dame el resto de la información. Nombre del evento, dirección y hora. También dame una lista de personalidades que espero encontrar y, si requieres alguna entrevista, mándame un resumen biográfico de cada uno para al menos tener idea de con quién estaré hablando.

—No te preocupes, muchacho. Tendrás la información en tu sistema en menos de quince minutos –fue lo último que dijo Coller antes de desconectar.

Y en efecto, unos diez minutos después recibí el dossier completo. Manipulando las ventanas emergentes con la punta de mis dedos, organicé los gestores de imágenes y texto en mi espacio de visión para desplegar más de una docena de documentos relacionados con diseñadores, estilistas, modelos y demás figuras relevantes del medio.

Entre ellas, Valkyria Durand.

Por supuesto, sabía quien era. Había visto su rostro y su cuerpo en multitud de comerciales de televisión, en aplicaciones interactivas de realidad aumentada, en vallas publicitarias, revistas y sitios de la red. Con apenas veintitrés años era, en aquel momento, una de las modelos más exitosas y reconocidas del mundo.

Además de sus datos personales y su extenso currículum, la información recabada por Coller incluía detalles de la vida de la modelo como sus gustos musicales y culinarios, las diferentes parejas masculinas con las que se había relacionado los últimos años, los escándalos (verdaderos y falsos) que se habían elaborado alrededor de ella, y otra serie de informes al parecer menos relevantes en el mundo de la farándula como menciones a sus estudios universitarios en psicología que cursara antes de que se hiciera famosa, o reportes que destacaban su elevado coeficiente intelectual.

Después de leer el resumen, sobre todo por lo plasmado en su parte final, no pude evitar el sentir cierta curiosidad y genuino interés hacia la mujer. A pesar de ello, nunca sospeché que más tarde esa noche mis labios recorrerían su piel y la escucharía jadear a mi oído mientras hacíamos el amor con desenfreno.

Motivado, al menos, por la posibilidad de conocer a la famosa modelo, alquilé un traje apropiado y me dirigí, a la hora indicada y vestido y perfumado para la ocasión, hasta el Rouze Hôtel de la Rue de Courcelles, lugar en donde se desarrollaría el evento.

El hotel, una hermosa edificación de cristales y concreto que combinaba en su arquitectura el Art Decó clásico con elementos modernos como gigantescos paneles de alta definición o proyecciones holográficas, bullía de tanta actividad como la que había experimentado durante la Conférence los últimos días. Sin embargo, en lugar de técnicos y académicos desaliñados, ejecutivos de traje ajustado o legiones de fanáticos de las computadoras, los previos del hotel que conducían al salón principal en donde estaba dispuesta la pasarela estaban repletos de hombres y mujeres que conversaban airadamente, haciendo gala de sus suntuosos trajes, sus peinados, sus joyas y sus maquillajes. Cada quien llevaba indumentarias tan elegantes y elaboradas que llegué a preguntarme si todos formarían parte del desfile.

Nunca antes me había sentido tan fuera de lugar.

Las mujeres, en especial, parecían competir entre sí en el juego de cual era capaz de lucir más hermosa. Desde vestidos largos y luminosos muy ceñidos a la cintura, hasta faldas diminutas o corsés transparentes, se me hacía difícil no mirar alelado la diversidad de piernas, traseros y senos que, reales o mejorados con trasplantes, oscilaban al aire al ritmo de las carcajadas y las copas de vino. Dependiendo de cómo se mirase, todo aquello podía resultar tan placentero como perturbador.

En el trayecto hacia el salón principal procuré identificar a algunas de las personalidades que Coller había reseñado, ayudándome con el registro visual que mis implantes oculares permanentemente mantenían desplegado a mi alrededor, pero sobre todo intenté toparme con la excepcional humanidad de Valkyria. Sin embargo, si bien tuve éxito en reconocer y etiquetar a varios diseñadores e inclusive actores y actrices de moda, no tuve la misma suerte con la modelo. Supuse que se encontraría ocupada tras el escenario, preparándose para su paseo por la tarima.

Sin saber exactamente qué hacer decidí tomar asiento, ubicado en una buena segunda fila del frente de la pasarela, y aproveché para tomar algunas fotos del salón y para escribir con el bloc emergente un pequeño texto sobre el ambiente glamoroso que reinaba a mi alrededor. Después de todo, mi presencia allí se debía a razones puramente profesionales.

No pasó demasiado tiempo para que todos los invitados ocuparan sus asientos y, justo después de que los camareros terminaran de ofrecer generosas copas de champagne o vino, las luces del salón se atenuaron y el desfile comenzó, acompañado con los compases fuertes de una música electrónica. De inmediato activé el modo de grabación de mis implantes.

El público estalló en aplausos cuando las modelos comenzaron a ocupar sus lugares a lo largo de la pasarela, luciendo las exóticas creaciones y los extraños diseños que los conocedores solían llamar moda.

A los pocos segundos Valkyria Durand surgió de detrás del escenario, luciendo un vestido violeta, largo y ligero que ondeaba a su alrededor a cada paso que daba. El cabello de obsidiana se le enroscaba detrás de la cabeza hasta casi la cintura, y sus ojos, rodeados por espesos trazos de maquillaje también violeta, emanaban un fulgor intenso que la hacía destacar sobre el resto de las modelos.

Como una verdadera valquiria, soberbia e intimidante, lució su cuerpo y demostró su talento, arrebatando aplausos y concentrando el interés de los fotógrafos, reporteros y demás invitados. Registré de ella hasta el menor instante, mientras mis ojos la seguían por la pasarela cada vez que era su turno de modelar una prenda.

Al finalizar el evento Valkyria ya había ocupado un lugar permanente en mi mente. Algo en ella me hacía revivirla una y otra vez (incluso sin necesidad de recurrir a los registros visuales) para repasar cada forma sutil de su rostro y su cuerpo, pero también cada mirada y cada gesto. Más allá de por su evidente belleza, deseaba conocerla para escuchar su voz y averiguar los misteriosos pensamientos que parecían ocultarse tras su impactante figura.

Una vez que los diseñadores participantes agradecieron al público y se reunieron con las modelos en medio de la pasarela, invitaron a los asistentes al coctel de celebración que se ofrecería en el salón abierto de la azotea del hotel. Aprovecharía el momento para abordar brevemente a las personalidades más relevantes que Coller me había indicado en el dossier y, si tenía el valor suficiente, concentraría mis esfuerzos en conseguir una entrevista con quien creía la persona más interesante de todo el lugar.

Minutos más tarde me encontraba paseando por la agradable terraza, bajo un cielo ligeramente nublado que reflejaba las innumerables luces que adornaban la ciudad. Degustando exquisiteces gastronómicas, catando un sinfín de variedades de champagne y vino y disfrutando placenteramente de la suave música de fondo, los asistentes intercambiaban sus impresiones sobre el desfile, y a medida que iban apareciendo los diseñadores y las modelos participantes, reporteros y demás invitados se abalanzaban sobre ellos para felicitarlos y para escuchar sus opiniones sobre el evento. Colándome entre la multitud y acercándome a ellos con oídos agudos, pude grabar numerosas impresiones de los reconocidos diseñadores que habían presentado sus creaciones en el desfile.

Con ello, pensé, mantendré satisfechos al menos a Coller y a la jefa de la sección de farándula.

Entonces Valkyria hizo acto de presencia y, como una tromba, los fotógrafos, periodistas y admiradores la rodearon y la apabullaron con gritos, sonrisas, abrazos y demás demostraciones de afecto.

Intenté acercarme, pero mi esfuerzo fue inútil. Todos querían hablarle, contemplarla o simplemente estar junto a ella, en su frenesí convirtiéndose en una barrera impenetrable. Durante cuarenta minutos Valkyria respondió preguntas, hablando tanto en inglés como en francés y español. Firmó autógrafos, y posó para las cámaras o sensores que no dejaban de apuntarla ni un segundo. Al cabo de una hora de interrogatorio, la modelo dio las gracias a los presentes y con el mismo ímpetu con el que había aparecido en la terraza, se retiró al gazebo privado que ocupaba gran parte del fondo oeste de la azotea, dejando claro que ya había sido suficiente por esa noche.

Mientras Valkyria desaparecía tras las persianas de madera rústica, las velas aromáticas y las sedosas cortinas que decoraban el gazebo, con ella desaparecieron mis esperanzas de abordarla aquella noche. Supuse que cualquier intento de entrevistarla sería impedido por el séquito de guardaespaldas que custodiaban los alrededores de la glorieta.

Resignado, me encogí de hombros y decidí dar por finalizado mi trabajo para disfrutar de la fiesta como un invitado más, al menos por un rato. Después de cerrar las aplicaciones para fotografías y grabación y desactivar las proyecciones de realidad aumentada para despejar mi campo visual, no vacilé en probar un bocado de cada uno de los exquisitos pasabocas que ofrecían los camareros y, por supuesto, me hice con un par de copas de champagne. Di una vuelta por toda la terraza y traté de buscar conversación con alguno de los expertos y conocedores del mundo de la moda que asistían a la fiesta, pero mi incapacidad para desenvolverme de manera natural en el tema resultó tan evidente que no tuve más remedio que apartarme discretamente cuando ya nadie me observaba.

Estando ya presto a dejar el asunto hasta allí y regresar a mi hotel, observé fugazmente el área del gazebo y noté que los guardaespaldas y todo el grupo que conformaba el entourage de Valkyria parecían haberse ido. Curioso, me acerqué a la estructura y colando la cabeza por una de las aberturas eché una mirada al interior. Bajo el área techada del gazebo sólo quedaba una mesa de cristal repleta de copas vacías, ceniceros, restos de cigarrillos humeantes y sendos almohadones de cuero ubicados alrededor. Del otro lado, un amplio corredor daba a lo que parecía ser un mirador ubicado en el extremo de la terraza.

Preguntándome si por aquel pasillo habría alguna salida oculta y confiando en que nadie repararía en mi presencia, atravesé el gazebo y llegué hasta el mirador sin encontrar ninguna otra habitación o vía de escape visible. Tras detenerme junto a los barandales de vidrio que delimitaban la terraza del hotel, no pude evitar el contemplar con detenimiento el hermoso paisaje nocturno de la ciudad. Hasta donde alcanzaba la vista, las calles estrechas y vaporosas estaban repletas de tráfico y actividad a pesar de la hora. Los viejos hoteles y edificios antiguos, todos relucientes y bien conservados, contrastaban con los nuevos colosos de cristal y concreto que empezaban a colarse en la silueta de Paris. Las luces blancas, amarillas y azules de los apartamentos y los negocios chispeaban en todas partes como esparcidas al azar.

A mi izquierda, hacia el suroeste, el resplandor amarillento de la avenida de los Campos Elíseos se extendía a lo largo del horizonte, así que giré la cabeza despacio para buscar entre los edificios el Arco de Triunfo. Cuando creía estar ya apunto de encontrar la conocida obra arquitectónica, percibí que alguien más me acompañaba en la terraza, justo a mi derecha.

Era Valkyria Durand, que permanecía inmóvil con las manos una sobre la otra, sujetando la baranda del mirador. Miraba al frente, los ojos entrecerrados y los labios ligeramente abiertos. Los bucles del cabello le caían sobre los hombros y se desparramaban en su espalda. La curva de sus senos se elevaba sutilmente al compás de su respiración…

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