Otro fragmento de mi novela en curso…

Sigo trabajando en la novela.

Algunos días escribo mucho, otros muy poco. Las ideas a veces fluyen frenéticas y salen palabras a montones, otras veces tan sólo puedo escribir un párrafo miserable. Como sea, sigo escribiendo. Es difícil superar las inseguridades. A decir verdad, el borrador que llevo me parece terrible, pero sé que allí está la historia que quiero contar. Sólo hace falta terminarla, revisarla y reescribirla. Convertir ese esqueleto, esa estructura casi informe que es el borrador, en una novela -espero- al menos decente.

Mientras tanto, comparto otro fragmento del borrador, que como sabrán, se trata de una versión burda y preliminar de lo que será el producto final (las palabras subrayadas sirven como etiquetas o recordatorios de aspectos que necesitan revisión, y que no modifico en el momento para no perder la inercia durante el proceso de escritura).

Eric enfrentó el duro descenso con los dedos hundidos en los apoyabrazos del asiento de seguridad, el rostro sudoroso en alto, y la mirada paralizada al frente como si pudiera atravesar con ella tanto las paredes del transporte como del aerodeslizador para así presenciar lo que se había convertido en una turbulenta carrera por evitar el fuego antiaéreo. Sumergidos en un súbito mar de estallidos, cayeron en espiral escapando del intenso ataque enemigo, mientras sus cuerpos se estremecían con cada maniobra evasiva aplicada por los veteranos pilotos.

Por un momento pensó que no lo lograrían, que serían alcanzados por el fuego de la artillería Terrae y que el Marhaw volaría en miles de pedazos acabando con su vida al instante, pero la nave mantuvo su curso a tierra y en cuestión de minutos la señal que indicaba el éxito en el aterrizaje se materializó en los HUD de todos los soldados, acompañada por una alerta luminosa que llenó el oscuro interior del transporte de tropas con un verdusco y fantasmal parpadeo. Los soldados que conocían el significado preciso de aquella señal gritaron con evidente satisfacción.

-Seguimos con vida –dijo Malel, y se volvió a sus compañeros con una sonrisa en el rostro.

Un fuerte estremecimiento recorrió a los soldados cuando el transporte de tropas pisó tierra y, haciendo tronar su motor, comenzó el avance hacia el punto de encuentro con el resto de las tropas.

-¡Muy bien, soldados del tercer escuadrón! –bramó la voz del sargento Neomar, amplificada por los auriculares del casco-. ¡Es el momento! Al llegar a nuestro destino se desplegarán alrededor del transporte para identificar la zona y, de ser el caso, ubicar la posición de las fuerzas enemigas. Una vez asegurada el área, avanzaremos hacia los objetivos.

El tercer escuadrón respondió con la frase acostumbrada y, en un gesto que ni Eric ni ninguno de los otros Recién Llegados conocía, los soldados chocaron los cuerpos de sus rifles los unos contra los otros llenando el interior del transporte con un tronido ensordecedor.

Eric encontró aquel sonido sumamente agradable.

-¡Pequeños, ya lo saben! –dijo luego un antiguo miembro del escuadrón, de apellido Vernor-. Procuren hacer su trabajo y no estorbar demasiado, de lo contrario, usaremos sus cuerpos como escudos humanos.

Con excepción del sargento Neomar y los once Recién Llegados, todos soltaron ruidosas carcajadas.

Un par de minutos después, una segunda alerta luminosa indicó la llegada del transporte al punto de encuentro. Cuando las compuertas comenzaron a abrirse, ya los soldados habían verificado el estado y municiones de sus rifles y esperaban su turno para salir, sosteniendo el arma en posición por encima de la cintura.

-¡Adelante, adelante! –exclamó el sargento, y uno a uno los soldados del tercer escuadrón fueron desocupando el transporte para rodearlo como les había sido ordenado.

Eric, siguiendo al pie de la letra la rutina que había aprendido en Campo Treinos, giró a su izquierda una vez se hubo bajado del vehículo y ocupó su lugar en la formación de defensa, manteniendo las rodillas flexionadas y el cuerpo agachado, pero con el Nhorkov siempre en alto y muy cerca del rostro, buscando a través de la mira la presencia de cualquier fuerza enemiga.

Ante su mirada sigilosa, la silueta de una ciudad extraña se mostró recortada contra un firmamento rojizo y completamente ajeno. Finas nubes parecían inmóviles en el cielo, mientras el sol que iluminaba el planeta, una circunferencia naranja y brillante como brasa ardiente, se levantaba por el horizonte derramando sus rayos contra la interminable sucesión de edificios rectangulares y soberbios que se extendían en todas direcciones hasta donde alcanzaba la vista. Una brisa cálida soplaba desde el norte, trayendo consigo, además de espesas nubes de humo y polvo, un aroma que Eric jamás había sentido antes. El aroma propio del planeta, pensó. Encima de aquel escenario, los aerodeslizadores Marhaw de las Fuerzas Militares de Capital continuaban cayendo del cielo, esquivando las cargas de plasma que les eran disparadas desde tierra. El tronido de las explosiones y los disparos que se escuchaban a lo lejos agitaban su pecho, arrollado por las fuerzas subsónicas.

Respiró hondo, y apretó los dedos contra el rifle buscando contener el leve temblor que de pronto afectó sus manos. ¡Maldita sea!, gruñó para sus adentros, consciente de que aquello que estaba sintiendo era el más profundo y genuino miedo. Una nueva dosis de coctel químico lo ayudó, en cuestión de segundos, a recuperar la calma.

El transporte de tropas se había detenido en la intersección de dos amplias avenidas que conducían, según habían practicado durante las neurosimulaciones, a los linderos del complejo de depósitos que debían asegurar. Mientras los transportes y los soldados continuaban llegando a la zona para establecer posiciones, asegurar el perímetro y avanzar luego a sus respectivos objetivos, Eric pudo darse cuenta de que, a pesar del realismo y capacidad de inmersión que ofrecía la neurosimulación, había diferencias notables entre las estructuras reales de la ciudad, y las modeladas en la simulación. Sin embargo, reconoció que al menos cumplieron su función para orientarlo y ubicarse en el teatro de operaciones.

De acuerdo a lo establecido en la misión, avanzarían por el camino en dirección al sureste, hasta toparse con el cercado perimetral del complejo. Al dirigir la mirada a lo largo de la avenida, Eric notó numerosos grupos de civiles que corrían temerosos, al parecer buscando lugares seguros donde esconderse.

En generosas hileras a cada lado de las calles, permanecían aparcados diversos tipos de vehículos de ruedas y algunos modelos de aerodeslizadores, pero todos inertes y desocupados. Ya fuera en las fachadas, tras los ventanales o en las azoteas de los edificios cercanos, al menos por el momento no parecían haber señales de tropas enemigas ocultas.

El sargento Neomar, último en salir del transporte, caminó confiado hacia la avenida sureste, observando las estructuras cercanas. A diferencia del resto del escuadrón, era el único que no llevaba el rifle en brazos, sino que lo tenía en la espalda, adosado al traje.

Después de sopesar la situación en silencio, ordenó al escuadrón avanzar con extremo cuidado.

-Resguárdense en los edificios, una cuadra a la vez. Estén atentos a cualquier movimiento inusual en las ventanas o en las azoteas.

Acatando la orden, Eric tomó la delantera, con Malel, Irina y Pover siguiéndole muy de cerca. El resto del escuadrón comenzó a ocupar las calles, vigilando constantemente tanto la vanguardia como la retaguardia.

Aún cuando no parecía haber presencia de fuerzas Terrae en las cercanías, Eric podía sentir que cada uno de los movimientos del escuadrón era seguido de cerca: los civiles, ocultos entre las esquinas y tras los ventanales de los edificios, miraban lo que ocurría con expresiones mezcladas de asombro y temor. De vez en cuando, gritos y exclamaciones intensas brotaban del interior de las moles de concreto, vociferando palabras en un extraño idioma. Eric supuso que se trataba del idioma local de la región, o tal vez de todo Osir.

-¿Qué están diciendo? -preguntó Irina, que le pisaba los talones.

-No lo sé, pero no parecen vítores de alegría precisamente -respondió Eric secamente.

-Penśe que estarían un poco más felices de vernos -agregó Malel-. Después de todo, vinimos a liberarlos de los Terrae, ¿No es cierto?

Eric soltó un bufido y se encogió de hombros. Ante el comentario, por un momento le pareció que era Jon Jon y no Malel quien había hablado.

Después de cruzar media docena de bloques de edificios, pudieron notar, al final de una avenida desierta, el cercado perimetral del complejo de depósitos. Si la información de neurosimulación era correcta, del otro lado del muro de unos tres o cuatro metros de altura esperaban los galpones objeto de la misión. De inmediato, recuadros de señalización titilaron en el mapa virtual que flotaba en su campo visual, reafirmando la ubicación precisa del objetivo. Sobre el mismo mapa, puntos luminosos indicaban la posición y avance de cada uno de los miembros del escuadrón, mientras que el sargento Neomar era señalado con una estrella, siempre al frente.

De pronto, el sargento se detuvo en medio de la avenida y ordenó al escuadrón a adoptar posiciones defensivas. Eric, cubierto tras uno de los vehículos abandonados, preparó el rifle en modo semi automático y apuntó hacia donde el sargento parecía estar mirando. Justo en ese momento, el sargento se llevó la mano a la espalda para tomar su rifle y, como si hubiera sido capaz de presentir lo que ocurría luego, dio un salto a su derecha y rodó un par de metros, evitando los disparos que tronaron repentinamente desde el otro lado de la calle. Numerosos soldados Terrae, equipados con sus característicos trajes azules, comenzaron a surgir tras las compuertas del cercado perimetral y entre los edificios cercanos.

Al incorporarse, el sargento descargó su rifle y acabó, en un par de segundos, con los seis primeros atacantes que habían avanzado en su dirección.

-¿Qué están esperando? -gruñó, dirigiéndose al escuadrón.

Enseguida, los haces amarillentos de los paquetes de plasma cruzaron de un lado al otro haciendo estallar los vehículos y las paredes tras los que se resguardaban las tropas enemigas, mientras que las detonaciones de las municiones de impacto retumbaban en cada piso, cada esquina y cada corredor de los edificios cercanos.

Eric, todavía cubierto y sin haber disparado la primera vez, buscó entre las llamas y el concreto pulverizado a cualquier soldado Terrae que estuviera en su línea de visión. Inhalando y exhalando con rapidez, sosteniendo el rifle con manos rígidas para no afectar su puntería, ubicó a un blanco que se resguardaba tras una de las columnas que sostenían al edificio del otro lado de la calle. Quizá tomándose demasiado tiempo, alineó la mira justo con la cabeza del soldado Terrae y posó lentamente el dedo sobre el gatillo del arma.

Pero no pudo disparar. Sus manos se paralizaron, mientras su corazón latió frenético causando que el HUD se llenara de ventanas emergentes que alertaban su condición.

¿Alguna opinión al respecto? Agradeceré cualquier comentario amable de su parte, y si no es amable, también.

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