Escribir una novela es como integrar una función

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Seguramente encontrarán el título de esta entrada un tanto descabellado, pero les puedo asegurar que a lo que voy a referirme a continuación es sobre literatura y no (al menos, no en profundidad) sobre matemáticas. Así que, aquellos a que las matemáticas les produzca escozor, les ruego que sigan conmigo pues en realidad se trata esta de mi visión y experiencia sobre cómo ha sido el proceso de escribir una novela hasta ahora (si desean conocer un poco más sobre dicha novela, pueden leer acá, acá y acá).

Para entrar en el tema, voy a repetir la afirmación del título: de cierto modo, escribir una novela es como integrar una función matemática. ¿A qué me refiero con esto? Primero, vamos a presentar brevemente y sin mucho detalle qué es la integración. Según la Wikipedia, “La integración es un concepto del cálculo y del análisis matemático. Básicamente, una integral es una generalización de la suma de infinitos sumandos, infinitamente pequeños“. Muy bien, para los no iniciados, esa definición no dice mucho, así que vamos a ilustrar un poco el concepto con figuras. Supongamos que tenemos una función f  cualquiera como se observa a continuación:

Integral1

Dado el intervalo [a, b], la integral de la función f en ese intervalo no es más que el área bajo la curva delimitado por la función (es decir, el área de la parte coloreada en azul). Una manera de calcular el área bajo la curva es hacer uso de figuras geométricas cuya fórmula para el área sea conocida y fácil de calcular (un rectángulo, por ejemplo, cuya área = base x altura), y ajustarlas a la función de la siguiente manera:

Integral2

Si conocemos el área de cada rectángulo, bastaría sumar entonces todas esas áreas para obtener, al menos de manera aproximada, el valor del área bajo la curva. Si deseamos conocer exactamente cuál es el área bajo la curva, entonces tenemos que disminuir el ancho (base) de los rectángulos cada vez más, hasta cubrir toda zona azul de la primera imagen con rectángulos muy finos que cubran el área por completo. En la definición formal de integración, a esto se le dice algo así como “calcular la suma de los rectángulos, cuando el límite de la base de cada uno tiende a cero“.

Muy bien, basta ya de matemáticas. Vayamos a lo que nos ocupa: escribir una novela.

Imaginemos por un momento que nuestra novela, aquella historia interesante, maravillosa y llena de personajes y mundos excepcionales, existe solo en nuestra mente. A esa novela la llamaremos la novela ideal y está representada por la curva de la siguiente figura:

Integral3

Esa curva ejemplifica la forma que tendría nuestra novela si fuésemos escritores perfectos y hubiésemos escrito ya la novela perfecta. Pero como no somos escritores perfectos y ni siquiera hemos comenzado a escribir nada, lo más que podemos hacer es trabajar para obtener la mejor aproximación posible a la curva de la figura.

Ahora bien, existen, en general, dos formas tradicionales en las que los escritores abordan la escritura de una novela: 1. Sentarse a escribir sin tener idea de cómo va la historia. En este caso, el escritor va construyendo la historia a medida que trabaja. 2. El escritor hace un plan, así sea sencillo y poco detallado, de cómo va la novela, quienes son los personajes, cuál es el conflicto (entre muchas cosas), y escribe respetando el plan en la medida de lo posible.

En mi caso personal, prefiero la segunda forma a la primera, y acá es donde la analogía con las integrales matemáticas entra en juego.

Para escribir una novela (esto totalmente sujeto a lo que a sido mi experiencia personal), es recomendable saber de antemano al menos tres eventos relevantes de la historia. En mi caso, es fundamental conocer: 1. ¿Cómo comienza la novela? 2. ¿Cómo termina la novela? 3. ¿Cuál es el suceso fundamental que ocurre a nuestros personajes, o en nuestra historia (cuál es el conflicto), que mueve la trama y alrededor del cual todo se desarrolla?

Por supuesto, no es necesario saber con exactitud y con lujo de detalle estos tres eventos, basta tener una idea inicial pues sabemos que es muy probable que tales eventos cambien o se modifiquen a lo largo del proceso creativo, pero el tener esas tres referencias nos servirá para definir puntos de partida y llegada, y fijar el curso al momento de escribir. Así, en la figura que representa nuestra novela ideal podemos señalar los eventos como sigue:

Integral4

¿De qué se trata escribir la novela entonces? De unir, haciendo uso de nuestro talento y nuestra imaginación, los puntos sobre la curva ideal:

Integral5

Pero, como podemos ver, si lo hacemos tal cual está plasmado en la figura, nuestra novela escrita va a estar muy distante de lo que imaginamos como nuestra novela ideal. ¿Cuál es el siguiente paso? Definir aquellos sucesos secundarios que ocurren entre los tres eventos relevantes. En mi caso, estos sucesos secundarios no los tengo planificados de antemano (no todo el tiempo), sino que van apareciendo a medida que se escribe, pero lo importante es que tales sucesos de algún modo u otro vayan dirigiendo la historia hacia cada uno de los demás eventos relevantes. La unión entre los sucesos relevantes y los sucesos secundarios darán forma a la historia como tal, al cuerpo de la novela que estamos escribiendo.

Integral6

De esta manera, poco a poco la novela que estamos escribiendo se acercará más y más a la novela ideal que tenemos en nuestra mente, y aunque tal vez no seamos capaces de producir, al final, una versión exacta de la novela ideal, tal y como se observa en la última figura, tendremos al menos una muy buena aproximación de aquello que queríamos contar originalmente.

Integral7

Por supuesto, en este caso no podemos “calcular la suma de los sucesos de la novela cuando el límite del ancho de los capítulos de la novela tiende a cero” o algo por el estilo, pero creo que queda claro cual es la idea de comparar el proceso de escritura de una novela, con una integración matemática.

Lo fundamental es (y de nuevo sobre la base de mi experiencia), definir esos puntos relevantes que deben ocurrir o aparecer en la novela a como de lugar, y entonces ir trabajando paso a paso entre un evento y el otro, dándole vida a los personajes a medida que se trabaja, introduciendo detalles al mundo en el que estos viven, llevándolos de un lugar al otro y de un tiempo al siguiente de tal forma que no se pierda la inercia de la trama, y que al final todo fluya a lo largo de esa curva de la novela ideal de la manera más natural e interesante que sea posible.

Así, hasta el momento, es como puedo describir lo que ha sido el proceso de escribir una novela y, aunque aún no la termino, creo que tener en consideración todo lo que ya he mencionado me ha permitido seguir adelante (a veces con entusiasmo y mucha prisa, a veces con lentitud y mucha dificultad) pues cada vez me encuentro más cerca de alcanzar el objetivo final: lograr plasmar en papel la mejor versión de esa novela ideal que, todavía, solo existe en mi mente.

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